“No nací en el arrabal, pero tengo el olor del barrio”
Cultora de un estilo inigualable, “nena mimada” de los grandes maestros del tango, Adriana Varela prepara un nuevo disco en el que homenajea a su generación. Conversación con una mujer valiente que se conecta y vibra con el público a través del lenguaje.
Por Marité Iturriza Fotos Nicolás Pérez
“Cuando cantes, vas a despertar a la gente joven”, le dijo un astrólogocuando cumplió 35 años y estaba en medio de la crisis de identidad más importante de su vida. Una amiga le había regalado la carta astral de quien resultó ser un genio. Ahora, en el living de su departamento de Palermo, después de dos horas de conversación alrededor de la mesa –“porque la mesa siempre es más cálida”-, Adriana Varela confiesa que canta gracias aaquel especialista en observar los astros llamado Fernando Suárez, que cuando estuvo frente a ella le dijo: “Tenés que cantar”.
Beatriz Adriana Lichinchi nació en Avellaneda, el 9 de mayo de 1952, bajo el signo de Tauro. Casada con Héctor Hugo Varela, “un artista del tenis”, como ella misma lo definió y con quien tuvo dos hijos (Rafa y Julia), asegura que lo que más le gusta hacer cuando termina un show es llegar a su casa, sacarse el maquillaje y tirarse en la cama. “Mi casa es mi fuerte”, dice.
¿Fue una vida antes y otra después, a partir de tu decisión de dedicarte al tango?
Sí, claro. Yo era una docente recibida en colegio de monjas, casada con un jugador de tenis, fonoaudióloga.
Trabajaba en mi consultorio mientras mi marido viajaba y daba clases; después nos fuimos a vivir a Europa. Eso me sirvió mucho para la vida, esa locura del ganar o perder, eso que está tan de moda. Yo hacía otras lecturas, estaba bancando emotivamente a mi marido, pero había otra Adriana, que era la que observaba eso de afuera, que decía “¡Uy, Dios mío, qué fuerte todo esto, qué poco salubre que es!”.
Aprendí mucho de la vida y vi mucho el mundo, lo recorrí casi todo con él y luego, al separarme, armé un repertorio en mi casa, con un guitarrista muy joven, un repertorio que tenía que ver más con la música urbana que venía del rock. Un día, un amigo en San Isidro me dijo: “¿Por qué no hacés un bolichito, invitamos a todos los amigos?, y fui. Otro amigo me grabó sin decirme nada y se lo llevó a una amiga de (Juan Alberto) Badía. A las dos semanas, me llaman de Badía y Compañía diciéndome que quieren que debute con la orquesta de Oscar Cardozo Ocampo. Y debuté haciendo “Tanguito de Almendra” (de Alejandro del Prado).
A partir de ahí empecé a trabajar en el programa mientras seguía con el consultorio. Después empezaron a llamarme para cantar. Astor Piazzolla, quien me había escuchado por un cassette en Estados Unidos, dijo: “Esta piba es María de Buenos Aires”. Finalmente, María de Buenos Aires (ópera-tango de Horacio Ferrer y Astor Piazzolla) se hizo lírica y ‘lamentablemente’ fracasó. A partir de ahí, creo que hice la historia de María de Buenos Aires, o sea, anduve por las alcantarillas, como dice Horacio Ferrer, y por los bolichitos ya habiendo conocido al Polaco Goyeneche.
Ahí me curtí el tango y laburé para poder bancar el morfi, porque me separé y me quedé en banda con los dos niñitos. Mis viejos creían que estaba loca, primero porque me había separado por elección, y, segundo, porque me había dedicado al tango. Yo, chocha de la vida, había algo que me hacía fluir hacia adelante. Y mis hijos fueron mis ángeles, los que en su media lengua me decían: “Mamá, vos cantá”. Rafa tenía seis y Julia, tres.
¿Qué ganaste y qué perdiste?
Me compré una casa, esta casa. No tengo guita ahorrada más que para algunas cosas; puedo veranear, puedo ayudar a mis hijos, en algo a mi vieja y ya está. A mí me tranquiliza mucho el hoy y no sabría qué hacer con mucho dinero.
No creo que haya perdido, creo que he cambiado, porque yo estaba muy bien casada, hasta que en el momento en que sentí que ya no estaba bien, dije basta. A mí la estabilidad nunca me tranquilizó, y eso tiene que ver con la inconsciencia, tal vez porque no tengo recuerdos de lo que es el hambre, es muy posible.
¿Cómo se traduce eso de tomar la vida “sólo por hoy”?
Creo que todos vivimos el hoy, yo soy más consciente. Y esto se traduce en la improvisación, yo improviso todo. No hago nada del otro mundo, soy muy vaga, me gusta estar en mi casa, tomar mate, cenar en la cama y mirar películas. No sucede nada importantísimo, simplemente que el hoy es lo cotidiano y entonces improvisar también quiere decir que me levanto, paro la película y voy a la computadora a buscar una receta de una máscara facial (risas) para no sé… pulir. ¡Es la atención múltiple! O me meto en MercadoLibre y busco si hay un cubrecama como éste…
No sos de las que arman la lista de lo que tienen que hacer…
Nada, olvidate, ¡ni ahí!
Y con tu trabajo, ¿cómo hacés?
Con mi trabajo, por suerte lo tengo a mi hermano (Gustavo). Él lleva mi agenda y sabe lo que yo no haría y lo que puedo hacer, y, a veces, me tiene que convencer de algo. Pero hay veces en las que no me convence nadie, ¡ni Japón, ni China, ni nadie!
Yo elijo dónde voy y no pienso en la guita, pero no es un mérito, sino una característica. Tiene que ver con que de verdad esta profesión la empecé como algo impulsivo, compulsivo y si no es para lo que me gusta, no me sirve; si no lo hago con gusto, no me sirve, y creo que eso también trasciende a los que me van a ver.
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